
Se dice por ahí, y es probable que sea cierto, que vivimos mejor que los reyes del medievo. Comida abundante y variada, frutas, refrescos y bebidas de todas clases, asistencia médica ante el menor síntoma de enfermedad, agua por los grifos para la higiene personal y de utensilios, además de para el consumo…; en fin, podríamos decir que lo que en otros tiempos era propio de la riqueza y prodigalidad, hoy lo tiene en casa cualquier hijo de vecino.
Y sin embargo, somos un pozo sin fondo que no para de gastar en futilidades que nos parecen necesarias y de las que estamos hartos a los dos días, para buscar otras nuevas que llenen nuestro vacío existencial. Nuestro consumo es tan compulsivo como cualquier adicción química.
Para informarnos y para comunicarnos disponemos de medios hasta hace poco impensables. Podemos consultar cualquier asunto, duda o acontecimiento a periódicos y librerías virtuales, tenemos redes y aplicaciones para contactar con cualquier parte del mundo al instante.
Y sin embargo, nos acosan cada vez más las mentiras fabricadas por impresentables, los mensajes de gentes que tenemos añadidas como amistades pero que nos traen sin cuidado; intercambiamos textos, fotos, reflexiones…, a velocidades supersónicas, cada vez de manera más superficial, breve, anodina y, a menudo, venenosa.
Hemos avanzado en estructuras (familiares,sociales, afectivas…) más abiertas y modernas. Suecia, que es considerada un ejemplo avanzado de modernidad y libertad, quiso liberarse de yugos (maritales, paternales, familiares…) y consiguió altos grados de igualdad de género, derechos civiles, tolerancia, autonomía individual… En todo Occidente, en mayor o menos medida, hemos avanzado en esos campos, tenemos atención profesional para niños pequeños, ancianos…
Y sin embargo, los nacimientos han caído en picado, la crisis demográfica amenaza con el colapso de nuestra civilización al no tener generaciones que reemplacen a las actuales (son otras las civilizaciones que siguen teniendo hijos, y eso si no “aprenden” de la nuestra), la población cada vez está más envejecida, los ancianos es muy muy raro que vivan -y mueran- con su familia, sino, en el mejor de los casos, en centros especializados en los que tienen que convivir con otros que padecen problemas de todo tipo (alzheimer, incapacidad…). Y, en Suecia como lugar más representativo del camino emprendido, es cada vez más frecuente que mayores de 80 años mueran en la más absoluta soledad hasta el punto de que solo se descubre su muerte cuando el olor de la descomposición corporal delata el óbito a los vecinos.
Tenemos productos ecológicos, préstamos de bancos que hacen publicidad verde, acceso a maquinaria compleja (electrodomésticos, vehículos…) y casas (eso ahora cada vez más difícil) que podemos pagar en cómodos plazos.
Y sin embargo, la crisis ecológica (islas de basura en el océano, contaminación hasta en el Everest, cambio climático y posibles crecidas del mar y de los desiertos…) y el previsible colapso financiero a causa del endeudamiento insostenible -empezando por el país más rico, y más endeudado, del mundo- amenazan con futuros distópicos y conflictos generalizados.
Hay herramientas, la IA en primera línea, para desarrollar (crear sería mucho decir) músicas, imágenes, textos, libros…
Y sin embargo, lo que satura el mercado cultural y nuestra propia existencia es un maremagnun con refritos de cosas anteriores (al fin y al cabo eso es lo que hace la IA, coger datos de sus inmensos fondos y recombinarlos). Y el resultado cada vez nos cansa y aburre más.
Nuestra vida está llena por completo de cosas materiales, teorías, apariencias, arreglos de imagen, finalidades previstas y programas…
Y sin embargo, si nos paramos a mirar y dejamos que el Silencio nos hable, lo único que nos llega es el vacío, el absurdo de una existencia que se vive en extrema agitación, pero sin ninguna raíz a la que asirse, sin un sentido, perdidos en eso que los existencialistas franceses llamaron “una pasión absurda”. Detrás de nuestra pequeñas esperanzas (tener un nuevo caprichito que pedir por internet, ir a otra sesión de gimnasio, otra operación estética, otra paridita hecha con IA…), detrás de todo esto solo está el abismo. El vacío. Nada. Se hace el negro.
Cae el telón. Aplausos.
*Emilio Ballesteros, Albolote (Granada, 1956), poeta, novelista y dramaturgo con diversos premios y reconocimientos de teatro, novela y poesía. Dirige la revista internacional de teatro y literatura Alhucema y ha sido incluido en antologías de España, Alemania, Colombia, Perú, México y Argentina. Traducido a varios idiomas, Algunas obras: Danzas Bárbaras (Premio Juan Ruiz de Torres; Madrid), La claridad profunda (Premio Ediciones Deslinde, Madrid), La última noche de Lázaro o los ensayos El homo urbanitas y Matemágicas: poesía y matemáticas.
