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El guardián de los libros: Una historia sobre librerías de barrio, libreros inolvidables y el amor por los libros
El guardián de los libros: Una historia sobre librerías de barrio, libreros inolvidables y el amor por los libros

El guardián de los libros: Una historia sobre librerías de barrio, libreros inolvidables y el amor por los libros

Foto para el guardián de los libros
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Ricardo Alba
Ricardo Alba

Poli pasaba de la cincuentena sin llegar a los setenta, pero nadie lo sabía con certeza. Llevaba su edad a modo de secreto que no era el único. ¿Cómo podía archivar en su cabeza el pasillo, la habitación, la fila y en qué nivel de la estantería se hallaba el libro, tomo, tratado o manual fuese cual fuese que le pidieras?

Tenía esa clase de discreción antigua que solo poseen los hombres que han pasado demasiados años entre libros. En su librería, el tiempo no se medía por horas sino por páginas.

El local era estrecho, con estanterías que parecían crecer hacia arriba como árboles viejos. El polvo flotaba en el aire con la solemnidad de un incienso laico. Y allí, entre pasillos imposibles, Poli se movía con la seguridad de quien conoce cada centímetro del territorio que habita.

Lo extraordinario de él no era su trato, ni su voz baja, ni su humor seco. Lo extraordinario era su memoria.

Si le pedías un libro, no consultaba nada. No dudaba. No miraba hacia arriba ni hacia abajo. Señalaba. Iba directo. Sabía en qué pasillo, en qué habitación, en qué fila y en qué nivel exacto se encontraba cualquier tomo, tratado o manual. Llevaba escaneada la biblioteca en su cabeza, como si cada lomo fuera una neurona más de su propio cerebro.

Poli no vendía libros. Te los entregaba.

Y tú no se los comprabas sin mediar una charla que podía durar cinco minutos o una hora. Se hablaba de autores, de rarezas editoriales, de reediciones, de cosas del estilo. Una vez cogida confianza, Poli dejaba caer su opinión como quien no quiere la cosa. A algunos escritores les tenía auténtica ojeriza; a otros, una devoción silenciosa. Para él, escritores había a montones, pero autores, ay, amigo… a los creadores los contaba con los dedos de una mano. Y le sobraban dedos.

Lo frecuente era salir de la librería sin un solo libro, pero con polvo en la garganta, olor a papel viejo en la pituitaria y la sensación de haber visitado otro planeta. Un planeta donde el tiempo se comportaba de otra manera.

Allí dentro, uno miraba, tocaba, abría páginas siempre y cuando Poli no te viera, porque si te veía, te decía que ese libro no era para ti, que ese era para otro lector que aún no había llegado.

Comentabas con otros fanáticos de la lectura, aprendías, te perdías. El tiempo se detenía. Y cuando querías darte cuenta, Poli anunciaba que cerraba, que la función terminaba, que o salíamos o nos dejaba dentro.

Hasta que un día apareció el cartelón. En letras enormes: “EL PRÓXIMO DÍA 20 SE CIERRA ESTE LOCAL POR CAMBIO DE NEGOCIO”.

La frase tenía algo de sentencia, de final de capítulo, de cierre de un libro que no queríamos terminar. En tromba nos acercamos al pequeño mostrador. Poli no estaba. En su lugar, una señora explicó que no sabía quién había comprado la finca y que Poli no se encontraba bien. Su voz no pertenecía a aquel lugar. Era una voz sin polvo, sin páginas, sin historia.

Durante semanas, cada vez que salía de casa deseaba tropezarme con él, hablar con él, saber qué había sido de su memoria, de su biblioteca interior, de su manera de estar en el mundo. No ocurrió. Tampoco volví a pasar por el tramo de la calle donde una vez hubo una librería en la que dejé páginas de mi vida. No por tristeza, sino por respeto. Como quien evita un lugar sagrado que ya no existe.

Pasaron los años. No muchos, pero los suficientes para que la librería se convirtiera en un recuerdo que ya no dolía, solo acompañaba. Una tarde de otoño, mientras esperaba el autobús, lo vi.

Poli caminaba despacio, con una bolsa de tela colgada del hombro. No llevaba libros. Llevaba fruta. Una manzana asomaba por la abertura. Me sorprendió que no llevara nada que pesara más que eso. Me sorprendió, sobre todo, que caminara sin prisa.

Lo reconocí por la forma de mirar: esa manera de detener la vista en las cosas como si las estuviera clasificando. Me acerqué.

¡Poli!

Se giró. Tardó un segundo en ubicarme. Y entonces sonrió, una sonrisa pequeña, como las suyas, de esas que no enseñan dientes, pero sí memoria.

—Hombre… cuánto tiempo.

No hablamos de la librería. No hacía falta. Hablamos del barrio, del clima, de la fruta que llevaba. Me dijo que ahora leía menos, que la vista ya no era la misma, pero que seguía recordando dónde estaba cada libro de su antiguo reino. ‘Eso no se pierde’, dijo, tocándose la sien con un gesto suave.

Antes de despedirnos, cuando ya parecía que la conversación había terminado, Poli se quedó mirando la avenida como si buscara algo entre los coches. No era nostalgia. Era otra cosa. Una concentración suave, casi infantil. Yo cogí una manzana de su bolsa.

—¿Sabes?, dijo al fin, nunca te conté por qué sabía dónde estaba cada libro.

Me quedé quieto. Poli no era hombre de confesiones.

—La gente pensaba que era memoria. Que tenía la cabeza llena de estanterías. Pero no era eso.

Se tocó el pecho, no la sien.

—Era cariño.

No supe qué decir. Él siguió:

—Cada libro tenía una historia. No la del autor, ni la del personaje. La historia de quién lo había tocado, quién lo había devuelto, quién lo había rechazado, quién lo había comprado sin saber por qué. Yo no recordaba los títulos. Recordaba a la gente. Y por eso sabía dónde estaba cada cosa. Porque cada libro tenía un lector esperando. Y yo solo los juntaba.

Me miró como si quisiera asegurarse de que lo había entendido.

—La librería no era una librería, me dijo. Era un mapa de personas. Vosotros erais el catálogo.

Se hizo un silencio largo, de esos que no incomodan. El tráfico seguía pasando, pero parecía más lejos.

Poli se recolocó la bolsa de fruta en el hombro.

—Cuando cerraron el local, pensé que perdería ese mapa. Pero no. Lo llevo aquí, volvió a tocarse el pecho. No se ha borrado nada.

Me ofreció la mano. La estreché.

—Tú estabas en la estantería de narrativa, añadió con una sonrisa. En la parte buena.

Y se marchó, caminando despacio, como siempre, como si aún recorriera pasillos invisibles llenos de libros que solo él podía ver.

Yo me quedé allí, con la manzana en la mano y la certeza de que el secreto de Poli no era la memoria. Era la forma en que miraba a la gente: como si todos fuéramos un libro que merecía ser encontrado.