

Me preguntaba acerca de aquel cañaveral de la infancia, por su sentido, por mi deseo. Junto a la mar del poniente almeriense, me hallaba a veces solo entre juncos y cañas, mis pies columpiados en el agua, algún sueño rondando mi cabeza, la soledad, mis padres en casa, y mis abuelos y tíos, los primos también distantes, en su barcaza tal vez. Me preguntaba acerca de aquel cañaveral con sonidos de aleluyas, pétalos de clavel que algún ángel depositaba en derredor de el todo y de la nada, mientras el sol, con épica implacable, juntaba olas con sus ojos ígneos, parecía un yunque la playa, y golpeaba y golpeaba febril el mediodía. Me preguntaba, no sé, tal vez eran tan solo sensaciones, imaginarios de fuego, el metal fundido de alguna llovizna de agosto. Definitivamente me pregunto acerca de mi niñez, sus páginas escolares y aquel balón de fútbol, la luna rielando en la madrugada, y mi ciudad, mi amada ciudad de Málaga me aguardaba para septiembre. Gustaba ir al colegio, reía con los compañeros, las multiplicaciones y la caligrafía iban bien. No sé, nunca supe por qué los niños dibujan en las arenas, en los cuadernos, en la frente y las manos de la abuela, por qué, al menos yo, madrugaba muchísimo para ir al cañaveral solitario y diminuto como mi cuerpo de nueve años para luego salir de la ciudad hacia una población que hube de ir nombrando todo tiempo en que me iba haciendo muchacho, haciendo hombre.
