

Me detengo justo donde las buganvillas se abren en cuatro brazos. Necesito descanso tras más de mil kilómetros al volante. Aparco en ese tramo del camino donde antes se alineaban cajas de chirimoyas y melones, donde ahora se alinean mujeres. La carretera ha cambiado de mercancía: antes fruta, ahora cuerpos jóvenes que se ofrecen como quien ofrece un servicio urgente, casi industrial, para sobrevivir. Una se me acerca. Pregunta qué quiero. Nada, solo descansar, respondo. Me propone otro tipo de descanso, según ella. No, gracias. ¿De dónde eres? Se recuesta sobre el capó del coche y habla y habla y habla.
Son mujeres que llegaron desde distintos ‘Estes’, países donde la vida se mide en golpes, en deudas, en silencios. Aquí se llaman Layla, Bianca o Natacha, nombres prestados, nombres que no importan. Para ellas, el nombre es solo una herramienta más: lo que vale es que el cliente pague. Dicen tener veinte años, aunque en los dientes y en la mirada se adivinan los rastros de sustancias que les permiten aguantar jornadas interminables, no hay drama, es como quien explica un oficio.
La mayoría no tiene familia en España. Tienen, en cambio, un cliente fijo que las trae y las lleva, un hombre que puede ser chófer, protector o explotador, nunca queda claro. Ellas tampoco lo preguntan. En su mundo, las preguntas no sirven para nada. Lo que sirve es el dinero. Lo que sirve es llegar a la cifra exacta que les permita retirarse, una cantidad imaginaria que cada una lleva grabada en la cabeza como una placa de acero inoxidable.
La vida de estas mujeres es una vida sin interiores. No hay casa, no hay cuarto, no hay cocina. Su jornada transcurre entre árboles, descampados y coches que se detienen apenas unos segundos. No hay fuentes ni refugios, solo un hueco entre dos troncos donde guardan agua y jabón para lavarse después de cada servicio. La higiene es mínima, improvisada, pero es lo único que pueden controlar.
La rutina es mecánica: un coche se acerca, baja la ventanilla, intercambian dos palabras. Ella pregunta. Él responde. No hay conversación, no hay historia, no hay tiempo. Muchos vienen de trabajar y hacen una parada rápida, como quien toma un café. Para ellas es su trabajo. Es lo que hay.
La violencia forma parte del pasado de casi todas. En sus países les pegaban, les quitaban el dinero, las usaban. Aquí, al menos, dicen que nadie les hace daño si ellas no quieren. Temen a los borrachos, a los que llegan con una copa de más, porque traen problemas. Temen también a los silencios largos, a los coches que se detienen demasiado tiempo. Pero en general, lo que buscan es tranquilidad: cuanto menos ruido, menos peligro.
No hablan de sentimientos. No hablan de sueños. Dicen que esas cosas se pierden. Que un día te despiertas y descubres que todo es mecánico y que solo te salva el dinero. No se consideran víctimas ni heroínas. Se consideran mujeres que recibieron unas cartas malas y que aprendieron a jugar con ellas. ‘Ni buenas ni malas, fueron estas’, dicen. Y sigue adelante.
Las veo caminar por la carretera moviendo la cadera con una exageración casi teatral, pero efectiva. En dos minutos se detienen varios coches. Suben a uno, desaparecen entre los árboles, regresan, esperan el siguiente. Cada servicio es un paso más hacia ese retiro imaginado, ese adiós que sueñan sin saber si llegará.
La tarde se va deshaciendo sobre la carretera como una fruta demasiado madura. Desde donde estoy, apoyado en la cuneta, las buganvillas siguen abiertas en cuatro brazos, obstinadas, casi insolentes en su belleza. Y ahí abajo, entre ellas y el asfalto, Layla, Bianca, o Natacha, o cualquiera de los nombres que usan según el día, camina despacio, como quien mide el terreno antes de cada paso. No es un paseo: es una guardia. Una espera. Las observo sin prisa, como se observa algo que no debería existir y, sin embargo, existe.
Los coches pasan sin detenerse, luego uno frena, duda, avanza unos metros y vuelve a frenar. Ella lo mira de reojo, con esa calma que solo tienen quienes ya han visto demasiado. Se acerca con un movimiento de cadera aprendido, casi automático, y el conductor baja la ventanilla. Intercambian dos frases. Nada más. Él asiente. Ella abre la puerta y sube. El coche se pierde entre los árboles, donde la luz se vuelve más fría y el suelo está lleno de hojas secas. Sigo mirando, como quien mira una escena que se repite cada día, siempre igual y distinta.
La carretera no promete nada. Solo ofrece trabajo, desgaste y un puñado de billetes arrugados. Aquí no hay épica ni redención: hay mujeres que sobreviven como pueden, que se lavan con agua de botella, que esconden el miedo detrás de una melena bien peinada y una frase aprendida. Cada coche que se detiene es una apuesta: puede ser dinero, puede ser peligro. La carretera devora nombres, edades, historias. Y yo, que solo soy un espectador, siento que la carretera también me mira, como si quisiera recordarme que ellas siguen ahí porque no tienen otro sitio donde estar.
Ella vuelve al cabo de unos minutos, se baja del coche, se alisa la melena y se dirige al hueco entre dos troncos donde guarda una botella de agua y un jabón barato. Se lava con movimientos rápidos, casi invisibles, como si quisiera borrar el servicio antes de que el siguiente coche aparezca. No hay casa, no hay cuarto, no hay refugio. Solo ese rincón improvisado que hace de baño, de vestuario, de frontera entre un cliente y el siguiente. La veo hacerlo con una naturalidad que duele, como si la vida fuera eso: un gesto repetido entre dos árboles.
A veces, cuando no pasa nadie, se queda quieta mirando el horizonte. Yo también miro, intentando adivinar qué ve ella. No piensa en su país ni en los golpes ni en el dinero que le quitaron. Piensa en algo más pequeño: una habitación tranquila, una cama limpia, levantarse sin prisa. No sabe si lo tendrá algún día. Pero ese pensamiento mínimo, frágil, es lo que la ampara. Y mientras la observo, entiendo que esa esperanza diminuta es lo único que no le han conseguido quitar.
La luz empieza a caer. El aire se vuelve más denso. Un motor se acerca. Ella respira hondo, se recoloca la falda, se gira hacia la carretera y vuelve a ser la mujer que la carretera necesita que sea. Doy un paso atrás, como si la escena reclamara silencio.
La esperanza, aquí, cabe en un segundo. Y a veces, con eso basta para seguir. La carretera, que antes olía a fruta madura, ahora huele a supervivencia.
La carretera sigue. Ellas también.
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