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‘El violín. Sinfonía de la soledad en Do mayor’, relato de Ricardo Alba
‘El violín. Sinfonía de la soledad en Do mayor’, relato de Ricardo Alba

‘El violín. Sinfonía de la soledad en Do mayor’, relato de Ricardo Alba

Mujer con violín.
Mujer con violín.
Ricardo Alba
Ricardo Alba

Luce cabello tan blanco como las flores de los almendros del parque. Es su parque y es su banco, siempre el mismo y casi a la misma hora. Se sienta, deposita la funda del violín a su lado. Deja caer la correa del perro sin perro al otro extremo. Dice estar de paseo, se refiere al perro, es muy inquieto, además, necesita correr, le viene bien, dice.

A veces me recuerda a Lola Herrera, —electrizante actriz cuando presencié su interpretación del monólogo de ‘Cinco horas con Mario’—, por el mismo color de pelo, la serenidad y la elegancia. Sí, la señora del banco del parque repleto de almendros es elegante en la mirada, en su sonrisa, en el a veces moño cubierto de una redecilla de ganchillo. 

Cambia su vestuario a diario no por sofisticación sino por ella misma en función de cómo se levanta de la cama. Si ha soñado tiernamente su ropa es lánguida, de fantasía, como el delicioso mundo de las narraciones de hadas rusas o las pantomimas de los libros de cuentos ingleses. Cualquier otro día, y según el despertar, su vestimenta desprende suavidad, fluidez. Por su compostura podría haber conocido la edad de oro de la alta costura parisina o, quién sabe, desfilar en la pasarela para Balenciaga.

De cuando en cuando le hacía un guiño a la nostalgia, seguramente habría lucido pantalones acampanados, vestidos de lentejuelas y también midi plisados. Eran los tiempos de ‘Fiebre del sábado noche’ y ella no se quedaría atrás.

Solía prenderse algún broche nada llamativo en vestidos, suéteres, cuellos, bufandas, camisas, chaquetas, abrigos… Los cambiaba según la prenda más original o un vestido con significado especial para ella. Unos eran de estilo victoriano, otros de filigrana o un camafeo, si bien, su preferido es el broche Abeja.  

Coincidía frecuentemente con ella, su banco de su parque me era de obligado camino. El banco estaba ligeramente torcido, como si hubiera cedido un poco hacia la derecha con los años. Se lo insinué. Ella lo prefería así, decía, que las cosas torcidas son más sinceras que las rectas y suspiraba con un alivio que parecía venir de muy lejos.

Los jardineros regaban sin mirar, los perros arrastraban a sus dueños, los niños cruzaban como ráfagas hacia el colegio. Nadie reparaba en la mujer. O quizá sí, pero solo como se mira un árbol viejo: está ahí, forma parte del paisaje, no exige nada.

A veces, cuando el viento era suave, ella abría la funda. Dentro, el violín descansaba sin cuerdas, desnudo, con un brillo apagado. Lo acariciaba con la yema de los dedos, como si temiera despertarlo. Nunca lo levantaba del todo. Nunca hacía el gesto de tocar. Solo lo mostraba, apenas, lo suficiente para que quien pasara pudiera pensar: Ah, una violinista.

Y quizá detenerse, aunque nadie se detenía.

La mujer no se desanimaba. Todos los días acudía a su banco de su parque. Había aprendido que la compañía no siempre llega como una visita, sino como una deriva. Por eso se quedaba horas, inmóvil, mirando a la gente pasar. A veces sonreía a alguien que no la miraba. A veces murmuraba una melodía que solo ella recordaba. A veces cerraba los ojos y fingía escuchar un aplauso que nunca había existido.

No fue un gran suceso, ni un giro dramático. Fue apenas un detalle: un niño se quedó mirando el violín. Tendría unos ocho años, llevaba una mochila azul y un trozo de pan en la mano. Se detuvo frente a ella, ladeó la cabeza y preguntó:

—¿Por qué no suena?

La mujer tardó en reaccionar. Hacía tanto que nadie le hablaba que la pregunta le pareció un eco de otro tiempo.

—¿El violín? —dijo, como si necesitara confirmar que hablaban del mismo objeto.

El niño asintió.

Ella abrió la funda con cuidado. El violín brilló un instante bajo la luz. El niño se acercó un paso más.

—No suena —respondió la mujer— porque está esperando.

—¿Esperando qué?

Ella pensó la respuesta. Podría haber dicho la verdad: que no tenía cuerdas, que hacía años que no tocaba, que lo llevaba solo para no estar sola. Pero prefirió decirle otra cosa desde muy adentro.

—Esperando a alguien que quiera escucharlo.

El niño sonrió, como si aquella respuesta fuera suficiente. Luego miró a su alrededor, como si buscara a ese “alguien”. Finalmente, señaló el banco.

—Yo puedo escuchar.

La mujer sintió un temblor leve, como si el banco torcido se hubiera enderezado un poco. Cerró la funda, no para ocultar el violín, sino para protegerlo. Hizo un gesto suave, invitando al niño a sentarse. El chiquillo preguntó dónde estaba el perro. 

Está de paseo, es muy inquieto, además, necesita correr, le viene bien, dice.

Y por primera vez en mucho tiempo, no se sintió sola.

PARA LEER MÁS DEL AUTOR: http://substack.com/@ricardoalbasantamaria y http://www.ricardoalba.es