
El laberinto ha venido siendo también por tradición, la representación de un caos ordenado por la inteligencia humana, de un desorden voluntario, que tiene su propia llave. Representa también la naturaleza en su aspecto menos humano (una lluvia interminable es un laberinto de agua) y las construcciones humanas (una biblioteca es un laberinto de pasillos y libros). El mismo símbolo puede igualmente servir para evocar la realidad invisible, el destino humano o la voluntad de Dios y el misterio de la obra de arte.
Todas estas alusiones están presentes en la obra borgiana.
El laberinto de Borges debe tener un centro, una llave -debe tenerla-; pero aún sigue pareciendo estar escondido en el centro de su laberíntica obra. El mundo se nos define en ella como ilimitado e infinito. No es sólo un tema recurrente. Borges construye gran parte de su obra como si construyera un laberinto. En esas estructuras laberínticas, que dejan abiertos sus relatos y poemas, podemos perdernos como otro Borges más.
El laberinto ha sido también una reflexión poética.
Gerardo Mario Golloboff [Golloboff, G.M. (1978). Leer Borges, Huemul] dice: «Entiendo que el motivo del laberinto puede representar el enigma de la ficción o de la creación literaria; para Borges ella es laberíntica y, más allá de las diferentes variantes del laberinto que su obra menciona, comparte con ellos el carácter doble de creación y de solución enigmática».
Esto nos podría conducir a la siguiente hipótesis: Dado que Borges piensa que todo está ya dicho y que nada de cuanto pueda decirse será novedoso, sólo le queda crear estructuras, inventar laberintos de palabras cuyo orden y concierto conduzcan al desconcierto de los pasillos del laberinto.
En El jardín de los senderos que se bifurcan encontramos lo que hemos señalado anteriormente. De este jardín Borges nos dice: «…se halla [en el cuento] un laberinto perdido. La idea de un laberinto perdido es algo mágico, porque un laberinto es un lugar donde la gente se pierde, en un lugar que se pierde; de modo que la idea de un laberinto que se pierde es doblemente mágica. Pues bien, ese cuento de un laberinto perdido es una obra que se va bifurcando, que se va multiplicando”.
A propósito del tema del laberinto declara: “Surge [la imagen] por un grabado de un libro de la Casa Garnier que había en Francia, en la biblioteca de mi padre. Era una especie de edificio parecido a un anfiteatro, tenía grietas, se veía que era un edificio alto porque era mucho más alto que los cipreses y que los hombres. Yo pensaba que si tuviera una lupa o tuviera una mejor vista podría ver un minotauro adentro, y desde entonces he tenido la visión del laberinto”.
Habla del laberinto como edificio; pero no deja a un lado el laberinto como símbolo: “Es un símbolo de estar perdido en la vida, y yo me siento muchas veces perplejo, es decir, casi diría que mi estado continuo es un estado de asombro (…). La idea de perderse no es rara, pero la idea de un edificio construido para que la gente se pierda -aunque esa idea sea de los túneles de las minas- es una idea rara, la idea de un arquitecto de laberintos, la idea de un Dédalo o (si se quiere literariamente) la idea de Joyce, es una idea rara, la idea de construir un edificio de una arquitectura cuyo fin sea que se pierda la gente y que se pierda el lector, esa es una idea rara, por eso he seguido pensando siempre en el laberinto”.
Pero hay laberintos para todos los gustos, con diferentes formas y dimensiones:
- Laberintos en el espacio: «La casa de Asterión».
- Laberintos en el tiempo: «El otro».
- Construcciones textuales laberínticas: «Pierre Menard, autor del Quijote».
La repetición y multiplicación infinita son los laberintos, un laberinto comparable al mundo.
Muestro a continuación algunos poemas de Borges en los que el laberinto juega un papel desencadenante para todos los elementos del poema, ya no sólo para el tema, sino para la estructura.
‘El laberinto’
Zeus no podría desatar las redes
de piedra que me cercan. He olvidado
los hombres que antes fui; sigo el odiado
camino de monótonas paredes
que es mi destino. Rectas galerías
que se curvan en círculos secretos
al cabo de los años. Parapetos
que ha agrietado la usura de los días.
En el pálido polvo he descifrado
rastros que temo. El aire me ha traído
en las cóncavas tardes un bramido
o el eco de un bramido desolado.
Sé que en la sombra hay Otro, cuya suerte
es fatigar las largas soledades
que tejen y destejen este Hades
y ansiar mi sangre y devorar mi muerte.
Nos buscamos los dos. Ojalá fuera
éste el último día de la espera.
En Elogio de la sombra (1969) encontramos este otro Laberinto:
No habrá nunca una puerta. Estás adentro
y el alcázar abarca el universo.
Y no tiene ni anverso ni reverso
Ni externo muro ni secreto centro.
No esperes que el rigor de tu camino
Que tercamente se bifurca en otro,
Que tercamente se bifurca en otro,
Tendrá fin. Es de hierro tu destino
Como tu juez. No aguardes la embestida
Del toro que es un hombre y cuya extraña
Forma plural da horror a la maraña
De interminable piedra entretejida.
No existe. Nada esperes. Ni siquiera
En el negro crepúsculo la fiera.
Octavio Paz [Paz, O. (29 de junio de 1986), ‘El arquero, la flecha y el blanco’, Diario La Nación, Buenos Aires.] ha dicho de Borges: «Exploró sin cesar ese tema único: el hombre perdido en el laberinto de un tiempo hecho de cambios que son repeticiones, el hombre que desvanece al contemplarse ante el espejo de la eternidad sin facciones. Su obra dio transparencia a nuestra mente y a nuestra fantasía, nos hizo ver que somos sólo configuraciones de tiempo evanescente». El mundo, a través de sus laberintos -los borgianos- se nos define, efectivamente, infinito; sin embargo, sus infinitos son duplicables, triplicables y así, una vez más, hasta infinito. ¿De qué modo consigue Borges la infinitud de lo infinito? Su más recurrida forma es el espejo.
[Habrá continuación]
