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“No busques más”, por Carmen López
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“No busques más”, por Carmen López

Librería
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La primera vez que entré lo hice para acompañar a una amiga muy asidua a eso de estudiar en las bibliotecas. Yo no lo había hecho nunca. El grandilocuente silencio de sus salas me resultaba ensordecedor; siempre tuve especial predilección por las cafeterías para preparar mis apuntes y exámenes. Sin embargo, hay algo de estas casas de libros que me entusiasma: el olor del papel. No hay nada tan evocador como el olor del papel y la tinta. Nada, ni siquiera los efluvios de pasar cerca de una pastelería.

De aquella primera vez, ya hace unos años. Después he vuelto a ellas y lo he hecho con mejores perspectivas, buscando libros que no conocía y disfrutando de ese modo tan especial que ofrecen esas palabras encuadernadas de llevarte allá donde nunca creías que ibas a llegar. Y da igual si es de cocina, de viajes, de ciencias, una novela… En todos ellos se esconde el duende de las mágicas voces que te sopla en el oído y te zambulle en el océano de los olores, sabores, paisajes o sentimientos haciéndote perder la noción de un tiempo que pierde la noción de sí mismo.

Un día, rebuscando en un estante, encontré una nota entre dos libros: “Por favor, no saque en préstamo estos dos ejemplares; los necesito para seguir viviendo”, decía la breve misiva. Tanto me picó la curiosidad que cogí el que estaba a la izquierda. Era una novelita de poco más de 70 páginas, llena de anotaciones. Se titulaba ‘No busques más’, pero en ningún lugar venía quién la había escrito. Y eso sí que es, en una biblioteca, una anomalía. ¿Quién escribió ese libro? ¿Por qué interesaba tanto a alguien? ¿Cómo llegó ese ejemplar a ese estante? Todo eran preguntas y, quizá, leerlo me sacara de tanta duda. Así que me senté y comencé mi lectura. En el primer renglón, nada más empezar, aquella historia me hablaba por mi nombre. Sí, por mi nombre: “Hola, Lola. Lo que tienes entre tus manos es algo más que un libro”. Lo cerré entre asustada e intrigada. Lo mantuve apretado entre mis manos y lo miraba fijamente tratando de decidir qué hacer a continuación. Estuve tentada de devolverlo a su sitio; sin embargo, no lo hice. Volví a abrirlo y el comienzo del libro había cambiado: “No te asustes, Lola. Es solo una historia. Debes leerla”. Con un golpe seco, lo cerré y esta vez me levanté muy decidida y lo coloqué en el lugar donde lo encontré. Opté por sentarme a meditar sobre lo sucedido antes de irme cuando vi a un chico dirigirse con determinación al lugar en el que estaba ‘No busques más’. Se quedó frente a él pensativo, alargó el brazo y lo cogió. Antes de dar un paso, lo apretó contra su pecho suspirando profundamente. Luego, allí mismo, lo abrió y leyó. Absorto en su lectura no notó mi presencia y tocándole el hombro lo saludé.

-Hola.
-¡Ah! Hola. Me has asustado.

-Perdona, no era mi intención. Es que te he visto coger ese libro y yo también lo empecé a leer hace un rato.

-¿Y qué te ha dicho? -¿Qué me ha dicho?

Por Sebastián Ana

-Sí, a mí me habla. ¿A ti no te ha hablado?

-Pues la verdad es que sí y me he agobiado con la situación. Por eso lo he dejado.

-A mí me pasó algo parecido las primeras veces, pero una vez que asumí lo novedoso de este libro, decidí seguir leyéndolo. Lo mejor de todo es que cada vez que lo acabas es una historia diferente. Así que, aunque quisieras releer la historia, no podrías. Cada lectura es una y distinta a la anterior.

-¿Pero eso cómo es posible? ¿No te asusta?
-Ya no. Ahora vengo cada día a descubrirlo, con más entusiasmo cada vez. -He leído muchos libros, pero jamás pensé que viviría una historia como ésta. -Quién sabe si volverás a vivirla.

Me acercó el libro, lo cogí, lo miré, lo abrí y recomencé su lectura. Ya no se dirigía a mí. Decidí leerlo de principio a fin. Era una novela entre aburrida y pretenciosa, sin más.

-Ahora no me ha parecido más que un folletín tedioso.
-Bueno, los libros especiales no están escritos para los ojos de todos. -Voy a volver a abrirlo, a ver si a mí también me cambia la historia.

Y no, seguía siendo el mismo librito monótono que acababa de leer. Así que se lo devolví. Le di las gracias por la conversación y me marché. Cuando aún no había salido por la puerta, regresé corriendo a buscar al chico. No lo encontré. Entonces fui a buscar el libro. Tampoco estaba, ni la nota. En su lugar había un ejemplar de ‘El realismo mágico. Luces y sombras’. Sonreí y recorrí el camino hacia la salida recordando todo lo que a lo mejor había imaginado.