

Una vez quise ser mendigo y me hirieron las miradas frías.
Una vez quise ser músico callejero y me silenció el desdén ajeno.
Una vez quise ser peregrino y encontré a mi Simón cirineo.
Una vez quise ser feriante y amarré mi caballo a un carro de venta ambulante.
Una vez quise ser San José y me alisté en un Belén viviente.
Una vez quise ser pescador y me enrolé en un atunero.
Una vez quise ser cofrade y me hice hermano de la Virgen de la Esperanza.
Una vez quise ser campesino y me eché a la siega, después a la trilla.
Una vez quise ser torero y me quedé en el salón.
Una vez quise ser agricultor y me fui a la vendimia.
Una vez quise ser ‘okupa’ y me pasé a los ‘sin techo’.
Una vez quise atravesar la mar y me caí del cayuco.
Una vez quise ser pastor y supe que Las ovejas duermen en familia.
Una vez quise ser payaso solo para recordar a los mayores que fueron niños.
Una vez quise ser hoguera y llovió por San Juan.
Una vez quise ser Rey Mago y llegué a Paje.
Una vez quise ser ministro y no tenía el carné.
Una vez quise ser alfarero y no encontré un torno.
Una vez quise ser cartero y no me supe las calles.
Una vez quise ser ‘riesgo de exclusión’ y me puse en ‘la cola del hambre’.
Una vez quise vivir muchas vidas y me hice periodista.
Una vez quise inventarme tantas vidas, que ahora las escribo…
Una vez quise ser todos y fui apenas un destello de cada uno. Y en esa suma de intentos descubrí que la vida también se escribe con lo que no llegamos a ser. Que cada oficio imaginado deja una huella leve, una sombra que nos acompaña como un animal doméstico que nunca tuvimos.
Una vez quise ser un hombre sin miedo, y el miedo me enseñó a mirar despacio.
Una vez quise ser un hombre sin pasado, y el pasado me siguió como una luz que no se apaga.
Una vez quise ser un hombre sin prisa, y la prisa me recordó que incluso el tiempo corre porque quiere alcanzarnos.
Con los años entendí que cada vida imaginada era una forma de tocar el mundo sin poseerlo. Que uno también es lo que contempla, lo que desea, lo que roza sin quedarse. Que hay oficios que no se ejercen con las manos, sino con la mirada: el oficio de escuchar, el oficio de recordar, el oficio de sostener lo que se va.
A veces pienso que todas esas vidas que no viví siguen respirando dentro de mí, como habitaciones encendidas en una casa que no habito. En cada una hay una versión mía que no envejece: el mendigo que aprendió a pedir sin pedir, el pescador que aún mira el horizonte, el payaso que guarda una risa para cuando falte, el pastor que sabe que la noche también protege.
Quizá por eso escribo: para entrar en esas habitaciones sin llamar, para sentarme un momento en su silencio, para escuchar lo que esas vidas —las posibles, las perdidas, las soñadas— aún tienen que decirme. Escribo para que no se apaguen. Para que sigan siendo. Para que sigan acompañando.
Hoy, que ya no quiero ser tantas cosas, descubro que todas aquellas vidas me preparaban para esta: la de mirar con calma, la de escuchar sin prisa, la de escribir como quien enciende una lámpara en mitad de la casa.
Hoy sé que no necesito vivirlo todo para sentirlo todo. Que basta con estar atento. Que basta con dejar que el mundo pase por uno como pasa el viento por una ventana abierta.
Hoy camino con menos urgencia, con menos ruido, con menos deseo de ser otro. Y, sin embargo, cada mañana, cuando escribo, vuelven a mí todas esas vidas que no viví: se sientan alrededor, me observan, me dictan en voz baja.
Y yo, que ya no soy mendigo, ni pescador, ni payaso, ni pastor, sigo siendo un poco de todos.
Sigo siendo lo que quise.
Sigo siendo lo que no fui.
Sigo siendo lo que escribo.
Porque al final, de todas las vidas que quise, solo esta, la que escribo, sigue a mi lado.
Y quizá escribir no sea otra cosa que eso: volver, una y otra vez, a las vidas que no viví.
