

Durante años no supe nada de Adrián, el cartero. Antes nos cruzábamos casi a diario: en la acera, en la oficinita mínima de la imprenta, aquella con el ventilador que apenas movía el aire y el olor a papel envejecido que, lejos de ser triste, tenía algo de hogar.
Él llegaba con su sonrisa brillante, cualquier asunto valía para pegar la hebra. Tiraba de ironía como nadie; yo intentaba seguirle el ritmo, aunque nunca alcancé su puntería verbal. Entre nosotros había un afecto nacido sin saber cómo, y eso bastaba.
Sin embargo, el mundo cambió. Las cartas empezaron a extinguirse, primero tímidamente, luego con la rapidez de lo inevitable. Los buzones se quedaron sin sobres, las oficinas sin colas, los carteros sin rutas. Correos redujo plantilla, y Adrián fue uno de los que tuvo que marcharse. Después, nuestros caminos se separaron sin ruido, como dos líneas que se alejan sin darse cuenta. Le busqué, pregunté, imaginé dónde estaría. Nada. La ciudad lo había escondido en uno de sus pliegues.
Hasta que la vida, que a veces tiene buen humor, decidió devolverlo.
Hace unos meses, un grupo de médicos celebraba un congreso. Me invitaron, querían un reportaje. El cónclave terminó, como suelen terminar estas materias, en el restaurante más castizo. En la bodega, acogedora y bien surtida, el jamón loncheado en círculos perfectos como una flor abierta. Las copas tintineaban, las conversaciones flotaban con alegría contenida. A la derecha, una docena de músicos afinaba instrumentos de cuerda.
Y allí, «coño», con perdón, estaba Adrián afinando su bandurria. Tanto buscarlo y mira tú. El azar también sabe ser generoso.
Un abrazo de los de verdad, qué es de tu vida, qué es de la tuya. En minutos nos pusimos al corriente, como si el tiempo transcurrido hubiera sido un paréntesis y no un océano. Quedamos en llamarnos, en vernos con calma. Luego, ‘Los Aires del Malecón’ arrancaron un concierto de habaneras. Adrián, naturalmente, a la bandurria, tocando con esa mezcla de concentración y alegría que siempre tuvo: los dedos rápidos, la cabeza inclinada, la sonrisa escapándose cuando una nota le salía especialmente limpia.
Hoy, en esta mañana de cigarras y trinos, estamos sentados alrededor de una mesa de azulejos con cenefa. El sol cae oblicuo, pero no triste: cae como una bendición lenta, dejando sobre la superficie un brillo cálido. A unos trescientos metros, un quinteto de cuerda aborda el Opus 88 de Brahms con su melancolía habitual, sí, pero incluso ese sinsabor parece hoy más suave, como si el aire también celebrara el reencuentro.
Hablamos sin prisa. Salen a relucir sus años en Venezuela, en las Bermudas, en la isla Margarita, en tantos lugares donde aprendió que el mundo es más grande de lo que uno imagina. Antes de todo eso, su paso por la Universidad de Cleveland, donde convivió con la nieve, con los silencios largos y con la sensación de estar lejos de todo lo conocido. Al graduarse, el director le dijo: «Adrián, usted ha terminado su aprendizaje. No tarde mucho en regresar a su país». Y volvió, guiado por esa brújula interior que siempre le ha llevado a buen puerto.
Adrián retrocede también a sus tiempos de portero de fútbol. En uno de sus vuelos para hacerse con el balón, se rompió de cintura para abajo. Semanas de yesos, fisioterapia, tardes inmóviles. Para no enloquecer, empezó a memorizar cosas: nombres, lugares, fechas. «Era como ordenar un cajón lleno de papeles», dice. Y en ese ordenamiento mental nació la idea de opositar a cartero.
La ocurrencia llegó una mañana cualquiera, al ver por la ventana al cartero del barrio avanzar con la bolsa cruzada y una calma que parecía un regalo. «Ese trabajo tiene ritmo», pensó. «Y yo necesito un ritmo nuevo». Cuando pudo caminar con soltura, empezó a estudiar. Sin GPS ni historias tecnológicas se aprendió todos los nombres de todas las provincias de España. Las recita de carrerilla, con una sonrisa pícara, de las de no me pillas, no.
Quedó el número once de cien aspirantes. Pilló plaza. Y durante años repartió cartas que llevaban alegría, noticias, amor. Nunca abrió ninguna. «Yo tuve la culpa de muchos matrimonios», dice. «Cuando llegaba con el correo era un momento especial. Todos preguntaban si había algo para ellos». Lo cuenta con orgullo y con esa humildad que le acompaña siempre. A veces, al cruzarse con parejas ya con niños, piensa: «Algunos de esos pequeños no saben que yo soy el culpable de que estén aquí».
La charla avanza como la mañana, sin prisa. Surgen recuerdos, uno tras otro, tantos como para escribir un libro. Todo se andará.
Pero, parafraseando a Moustache, el genial camarero de Irma la dulce: «esta será otra historia…”
Y mientras la luz se desliza por la mesa como un hilo dorado, pienso que hay encuentros que no vuelven para quedarse, sino para recordarnos que la vida, a veces, también sabe devolver lo que un día nos quitó.
Adrián ríe, se acomoda en la silla y me pregunta si echo de menos algo de aquellos tiempos. Y yo, qué remedio, le digo la verdad:
—Pues sí, Adrián. Echo de menos recibir cartas. Aunque no fueran de amor. Aunque solo dijeran «todo bien por aquí». Aunque vinieran con faltas de ortografía o con la tinta corrida. Echo de menos abrir un sobre y sentir que alguien, en algún lugar, pensó en mí lo suficiente como para escribir mi nombre a mano.
Adrián me mira con esa sonrisa suya que siempre parece entender más de lo que uno dice. —Eso ya no vuelve, pero mira, aquí estoy yo.
Y es cierto. A veces una sola presencia compensa todas las cartas que nunca llegaron.
Adrián me mira fijamente, quiere decirme algo sin palabras. Entiendo que a veces una sola presencia compensa todas las cartas que nunca llegaron. Y uno, sin darse cuenta, vuelve a sentirse destinatario.
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