

El viaje a Santander siempre me deja una sensación extraña. No es largo, tiene algo de ritual: el tren, el olor a mar cuando la máquina se detiene en la estación. Pienso en mi madre durante todo el trayecto, en cómo estará ese día, en si me reconocerá, en si tendrá fuerzas para hablar. A veces imagino que me espera con la misma energía de hace años, aunque sé que eso ya no ocurre. Aun así, cada visita es una forma de volver a un lugar que ya no existe.
Cuando llego, el edificio me recibe con su fachada tranquila, casi indiferente. Entro y saludo a la recepcionista, que siempre me dice que mi madre está bien, aunque sé que “bien” aquí significa otra cosa. Camino por el pasillo, escucho el sonido de una televisión encendida en alguna habitación, el murmullo de una conversación sin sentido, el arrastre de un andador.
El salón aparece al final del pasillo, amplio, luminoso, con ese aire de espacio que quiere ser acogedor pero que no puede evitar cierta frialdad sistémica. Es grande, sí, pero no de un modo ostentoso; grande como un lugar que ha visto demasiadas tardes iguales.
Mi madre está sentada en la esquina de un sofá envuelta en una manta de cuadros. Cuando me acerco levanta la cabeza y me mira con una mezcla de curiosidad y desconcierto. No siempre es así. Me siento a su lado. Ella pregunta quién soy. Lo hace con una voz tan suave que parece pedir disculpas por no saberlo. Le grito mi nombre, sus oídos dejaron de sentir hace tiempo, y durante unos segundos parece aceptarlo, como si la palabra pudiera encajar en algún hueco de su memoria.
A veces se lamenta de la oscuridad en sus ojos y, sin embargo, mientras hablamos, quien habla es ella, me dice que ha visto legionarios. Lo dice con una naturalidad que me desarma, como si fuera lo más normal del mundo. ‘Han pasado por aquí’, murmura. Acompaña la palabra con el gesto. Sé de dónde viene esa visión: su padre, mi abuelo, fue comandante legionario. En la mente de mi madre, él sigue entrando por la puerta, con el uniforme impecable, con ese aire de disciplina que ella recordaba con una mezcla de orgullo y temor. En la residencia, los legionarios se le aparecen como sombras benévolas, como guardianes que vigilan su mundo menguante.
Otras veces me dice que me ha visto en la televisión. Supongo que es un eco de los años en que yo presentaba el informativo de TVE. Para ella, la pantalla era una ventana donde aparecía su hijo cada mediodía, puntual, nítido, seguro. Ahora, cuando me mira y no sabe quién soy, quizá me reconoce como esa figura lejana que hablaba desde un estudio. ‘Te vi ayer’, dice. Y yo asiento, porque no quiero corregirla. En su mundo, la televisión y la memoria se mezclan sin conflicto.
A nuestro alrededor, la vida avanza con lentitud. Una mujer mueve los labios como si recitara algo. Un hombre observa el suelo, inmóvil, con el andador delante de él como una frontera. Dos residentes discuten sobre un recuerdo que ninguno de los dos tiene claro. El salón es grande, pero también es lento, como si el tiempo aquí tuviera otra densidad.
Mientras hablo con mi madre, quien habla es ella, sobre el frío, sobre la comida, sobre nada en particular, noto el silencio del salón con una pesadumbre extraña. Y entonces, sin saber por qué, imagino que algo cambia.
Primero, la luz. Se vuelve más cálida, como si el sol hubiera decidido entrar de verdad por las ventanas. Después, la música. No viene de ningún altavoz, pero la escucho con claridad: una orquesta afinando, preparando una melodía antigua, una de esas canciones que mi madre cantaba cuando yo era niño y que yo creía que nunca olvidaría.
La escena empieza a moverse.
Mi madre se incorpora. No con esfuerzo, sino con una ligereza que ya no le pertenece. Se pone de pie, me toma de la mano y me invita a bailar. Yo acepto, porque en esta fantasía no existe el miedo a que se caiga, ni la fragilidad que la rodea como una sombra.
Los demás también se renuevan. La mujer que recitaba mueve los brazos como si dirigiera la orquesta. El hombre del andador lo usa para marcar el ritmo, golpeando suavemente el suelo con las ruedas. Quienes no pueden levantarse del sofá mueven las manos, los pies, los ojos. Cada uno encuentra su manera de entrar en la música, como si la melodía les devolviera algo que creían perdido.
Y entonces los legionarios que mi madre ve de cuando en cuando entran en el salón. No son fantasmas ni soldados reales, sino figuras que avanzan con paso firme, con el uniforme impecable, con la solemnidad de un recuerdo que se niega a desaparecer. Se colocan alrededor de la orquesta, como si custodiaran el baile. Mi madre los mira y sonríe, porque en ese instante reconoce a su padre, joven, erguido, orgulloso. Él asiente, como si aprobara la música, como si celebrara que su hija aún puede bailar.
El salón, tan grande, se llena por fin.
La orquesta toca canciones que todos reconocen, aunque algunos ya no recuerden sus propios nombres. Y en medio de ese movimiento improbable, mi madre gira. Me mira. Y por un instante, me reconoce. No como el hombre que soy ahora, sino como el niño que la seguía por la casa, que la escuchaba cantar mientras cocinaba, que creía que ella nunca podría hacerse pequeña.
La música continúa. Los residentes bailan como pueden, algunos con los ojos cerrados, otros con una sonrisa. Los legionarios permanecen en pie, vigilantes, como si custodiaran la memoria de todos. Y en un rincón del salón, una televisión apagada refleja la escena: mi madre bailando, yo a su lado, y un eco lejano de los años en que aparecía cada mediodía en las noticias.
Cuando la orquesta toca la última nota, todo vuelve a su sitio. La luz recupera su tono habitual. Los legionarios se desvanecen. El silencio regresa. Mi madre se sienta, me mira otra vez, y pregunta quién soy. Y hablamos, es ella quien habla, me cuenta de su niñez en Rifien, de las cábilas.
Yo sigo sintiendo el eco del baile, como si hubiera ocurrido de verdad. Y mientras la tarde se apaga en el salón grande, es la hora de la cena, pienso que quizá esa fantasía es la única manera de soportar la distancia entre lo que fue y lo que queda.
Al salir a la calle aparece el pensamiento mudo: ¿será este también mi sitio dentro de unos años? Es una pregunta legítima, íntima, sin respuesta clara, pero me revela que la vejez de mi madre me está enseñando algo sobre mi propia vulnerabilidad.
