
Con qué ternura recordáis la ropa vieja
de los domingos, el cine de verano
de sábanas recién tendidas, siempre
recién tendidas, y su mudez vertical
sinestesia de aroma y movimiento.
Con qué ternura la ausencia de polvo,
el brillo de las interminables mesas,
el resol que provocaba el deslumbre
en los pomos, grifos, retretes y espejos.
Qué ternura la belleza del hogar caliente,
del amoroso hogar donde espigamos
planchadas las ropas, hechas siempre
las camas de amor y remiendos invisibles.
Y qué decir ante las interminables bibliotecas
de productos y remedios, nombres de epopeya
para cada herida, nombres de héroes clásicos
para cada tejido o cada mancha.
¡Qué ciegos los hijos y los poetas a veces!
Hoy sabéis, hoy que sois el esqueje
de la ternura que también será recuerdo,
que los hogares no se cosían con hilos nuevos,
no se mantenían ni amorosos ni habitables
por arte de magia como en el poema.
Por fin sabéis, y ¡ay del que esté ciego!,
que nuestra felicidad estuvo siempre pagada
con el sufrimiento de las madres y abuelas.
Por eso, benditas sean las mujeres que se rebelaron,
benditas sean también las que no lo hicieron
e inventaron un amor como el pan caliente.
Alabadas las que abandonaron el hogar
y las que fueron infieles, pero también
las que inventaron una fidelidad y un hogar
con los restos que tenían, como una ropa vieja.
Loadas sean las malas madres, las que nunca
amaron ni fueron amadas, loadas también
las amorosas y buenas, porque inventaron
el mimbre con espigas viejas y resistieron.
¡Qué ciegos los hijos y los poetas a veces!
No se puede pagar con amor tanta abnegación,
ni reparar con cariño el don inmerecido.
Sólo podemos vivir con, a pesar y por ello.
Toma en tus manos este jersey tejido en nudos
de memoria, aprende a tricotar tus horas
en ofrenda y teje otro (después) para tus hijos.
*Nota de Carmen López. Alberto Caride Brocal acaba de ver publicado su poemario ‘Amar el Símil’ de la mano de la editorial Olé Libros.
