

¡Los muertos del faraón! Te lo dije. Te lo había dicho mil y una veces. Que ese tío no es de fiar, que me da mala espina. Tan suave en las formas, tan correcto en las maneras, siempre con esa sonrisa que lo mismo podría ser de un simpático apacible que de un perdonavidas capullo. Pero para mí que más de lo segundo; ¡joder! Si ya te había dicho que no me fiaba un pelo de sus comentarios distantes y que querían ser ecuánimes, como si estuviera por encima del bien y del mal. Siempre colmado de buenas intenciones y de citas oportunas, como aquella vez en que ante tu protesta por la miseria de trabajo con el que sobrevivías, te zampó que Vázquez Montalbán hubiera dicho que es preferible que la pobreza sea sórdida y no mediocre. Encima de desgraciado, te trató de mediocre, el soplapollas. Y cuando le contradecías, en lugar de llevarte la contraria se sonreía y te dejaba sin saber si es que te daba, aunque fuera en parte, la razón o es, como te digo, que te perdonaba la vida, como si fueras un gilipollas que no merece su esfuerzo ni sus explicaciones. ¡La madre que lo parió!
Sí, ya lo sé. Primero te acabó dejando sin trabajo; y eso que no le gustaba tu mediocridad. Poquito a poco, como una lenta labor de zapa que va horadando el terreno hasta que lo que parecía sólido se desploma por sí mismo. Aquellas críticas melosas a tu trabajo, que parecían inocentes y como dejadas caer, sin importancia, al final se fueron amontonando, amontonando, tan insignificantes que parecían, hasta que te dieron la patada en el culo en el curro para ponerlo a él en tu lugar. Y claro, tal y como están las cosas, ni siquiera tuvieron que despedirte. Bastó con no renovarte el contrato de mierda y contratarlo a él. ¡El suavón, hijo de su madre!
Ya lo sé. Y también sé lo otro, ¿te crees que no? No soy tonto, coño. Los halagos continuos, las sonrisitas así, a lo tonto, los comentarios mordaces que ella reía como un chiste aunque a ti te dejaran a la altura del betún. Sé, y no hace falta que me lo digas, que acabó levantándote la liebre y llevándosela al huerto. Y lo peor es que tu mujer ni te lo ha confesado; pero sé, de hecho, que se acostó con él más de una vez. Los vi salir juntos de un hotel sin que ellos me advirtieran. Y, sobre todo ella, pero un poco él también, salían sin parar de mirar a todos sitios por si alguien conocido los veía y, con toda rapidez, se separaban y tomaban caminos distintos. Ella, por cierto, con un aire de afectada solemnidad. Aceché a propósito, a la misma hora, esa puerta de hotel algún otro día y los vi salir. Un día, incluso, me hice el encontradizo con ella conforme se alejaba del hotel y no pudo evitar un cierto nerviosismo al verme, aunque lo quiso disimular. Solo le dije adiós, pero creo que mi forma de mirarla debió advertirla de que lo sabía. Las mujeres son muy listas para eso. ¿Que por qué no te lo dije? ¡Joder! Varias veces estuve tentado de hacerlo; pero cómo quieres que te dijera nada. Ni siquiera podía saberlo con plena seguridad y yo sé lo enamorado que estás de ella, ¿querías que perdiera tu amistad? Lo primero que me ibas a echar en cara es con qué permiso me había atrevido a espiarlos. Lo que no me esperaba es que tú mismo lo descubrieras y que fueras a reaccionar así.
Y ahora, encima, vienes y me lo cuentas. ¿Qué quieres que haga yo? El tipo se lo merece, pero asesinarlo no arregla nada. Yo, en tu caso, me hubiera conformado con separarme de ella. Y me alegro de que, al menos, a ella no la hayas tocado. Pero yo no tengo instintos asesinos. Tú tampoco, lo sé; pero mira lo que has hecho. No me pidas, por favor no lo hagas, que te ayude a hacer desaparecer el cadáver. No te voy a ayudar a eso. Ni siquiera tenías que habérmelo contado. Ahora, sabiéndolo, si callo soy cómplice tuyo, y no ya ante la ley, que también; ante mi propia conciencia lo soy. ¿Y ahora qué voy a hacer? ¿Te delato? Eres mi amigo, te quiero y quiero comprenderte; pero no me gusta que se asesine, ni siquiera a un gusano traidor y pretencioso y ni siquiera cegado por la ira y los celos como en tu caso. Los hubieras dejado consumirse en su propio fango. Él no la habría acogido como esposa, y si lo hubiera hecho, los días felices habrían durado bien poco. Ese tipo de hombre ofrece poco de lo que fiarse ni a lo que aferrarse con hondura y verdadera pasión. El cansancio y, para ella, que es más sensible y afectiva, la soledad, habrían acabado por convertirse en un castigo certero y lento. Pero ahora a él lo has convertido casi en héroe y a ella en víctima herida en lo más hondo de su ser. Ni siquiera tendrá ocasión de hartarse y cansarse de él. Y tú, ¿en qué te has convertido tú, pobre infeliz, perdido en el abismo de tu locura? Y, todavía peor, ¿en qué me has convertido a mí, ahora que vienes y me pides que te ayude a tapar todo? Yo ahora me siento en la obligación de decirte que vayas a comisaría y confieses tu crimen, porque si no, tendré que denunciarlo yo. ¿No ves lo que has hecho, pobre imbécil enamorado y torpe?
Sí, entrégate o mátame. Ya puestos, da igual 8 que 80, ¿no es ese el dicho? La misma pistola te puede servir. ¿Cómo demonios la conseguiste? ¿Es ilegal? Tú no tienes permiso de armas. ¡Qué pobre infeliz, desgraciado! Tu propia mirada delata la locura a la que has llegado y en la que te has dejado caer. ¿Me vas a disparar a mí también? Pues sea. Pero piensa antes, si aún eres capaz de pensar, lo que vendrá después. Yo no te voy a ayudar en eso. Y sabes que si no me disparas iré a comisaría a acompañarte en tu confesión o a denunciar los hechos. Así que decídete. O vas y lo cuentas tú mismo y reparas tu error como buenamente puedas…, o dispara de una vez. De una u otra forma has tirado una parte de tu vida por la borda. De hasta qué punto lo hagas aún estás a tiempo de elegir. Así que decídete.
